Hasta el primer Renacimiento, la herencia cultural de los autores clásicos era la que influenciaba el estudio de las plantas; sin embargo, el estudio del mundo vegetal adquirió nuevo impulso gracias a la valiosa contribución dada por la invención de la imprenta, la cual permitió la difusión de la iconografía botánica y de los grandes herbarios ilustrados del siglo XVI.
Nacían así los huertos botánicos cuyo primogénito fue el Huerto Botánico Universitario de Padua, aún hoy existente en su sede original. Fundado en 1545 sobre el terreno de los monjes benedictinos de Santa Giustina, fue instituido con decreto del Senado de la República Véneta para la cultivación de los "simples", es decir esos medicamentos derivados directamente de la naturaleza; desde entonces, el Huerto constituye un activo lugar de acumulación y de síntesis de diversas disciplinas. El arte y la arquitectura influenciaron profundamente su realización, desempeñando un rol para nada secundario respecto de los criterios botánicos que presidían la elección de las plantas a cultivar.
Fue precisamente Daniele Barbaro, humanista y profundo estudioso de la arquitectura clásica además de patrocinador de Andrea Palladio, quien concibió el Huerto como ese pequeño universo verde, cuya estructura ha permanecido intacta hasta nuestros días, similar a un jardín protegido por altos muros laterales, lugar de estudio y de enseñanza, bajo la guía de los praefecti de la Universidad que, con continuidad, han dirigido su suerte.
